Qué haría la hembra cuando entrase en celo sin un macho que aparease aquel instinto, qué haría el poeta si ya en su desvelo no encuentra palabras que lo hagan distinto.
El mar sin arena para ir a dormirse cuando las estrellas despueblen su playa, la lengua que busca, que busca y no halla una tibia boca donde ir a morirse.
Qué haría la tregua sin una disputa que logre que luzca su excelsa importancia. Y si la batalla no fuera injusta, la paz tan ansiada perdería gracia.
Dónde iría el peregrino si extraviase esa fe que lo empuja a su destino, si ya no hubiera lo triste y lo feo, la belleza sería un cruel desatino.
Qué harían las sombras que pueblan la siesta sin esos veranos de los pueblerinos, qué haría el que sufre sin alguna fiesta donde ahogar las penas con algún amigo.
Si no lo colmara de ideas y magia, qué haría el vacío que duele y que arde, o dónde pondría mi enorme nostalgia sin estos domingos de pena en la tarde.
Nada como tomarse un descanso de este infierno y, apenas uno empieza a acostumbrarse, tener que pegar la vuelta. Los regresos siempre me provocan una sensación de distancia de algo que por todos lados me es ajeno, pero repleta, sin embargo, de nostalgia y cierta desolación. Es esa terrible sensación de despojo que se siente al probar algo delicioso y efímero, tal vez por lo primero lo segundo, quién sabe… La cuestión es que anduve por las sierras cordobesas, meta mate, río, peñas y vino por tres hermosos y pocos días, que a dos jornadas de distancia, ya me parecen lejanos y hasta algo borrosos. Allá también hacían muchos grados más de los que los veranos por estos trópicos acostumbraban brindarnos hasta hace algunos años, pero la sensación térmica, cuando el verde reemplaza el gris, es mucho menor, o al menos así parece. Esto implica que mi mal humor cotidiano se multiplicó a un nivel extremo, que raya con la locura. Para colmo, ya termina enero, lo cual implica que una jauría de turistas desperdigados, volverá a superpoblar la ciudad, transformada en una horda de ciudadanos desquiciados. Verdaderamente, me cuesta entender qué motivos nos llevan a vivir en estas condiciones: amontonados como piojos en costura, apurados, desolados, solitarios y re contra cagados de calor!!! Podría hurgar en el paradigma de la (pos) Modernidad o algo por el estilo, pero tengo demasiado embotamiento cerebral para andar haciendo análisis tan complejos al pedo. Total, el hombre es un animal de costumbre y, con varias vacaciones a cuestas, sé que la nostalgia se diluirá en la vorágine cotidiana y acabaré por conformarme –como siempre y como todos- con esa estupidez mediocre de que peor es nada…
El viernes a la noche fui a ver Avatar… James Cameron es un genio creando mundos estéticamente inalcanzables por su belleza, utopía y simbolismo. Eso sí, utiliza metáforas comprensibles hasta para un oligofrénico, como manda el cine actual; y hace un pastiche de remakes en el que se ven elementos de Matrix, El Señor de los Anillos y muchas de las películas de ciencia ficción/aventura/ catástrofe que hemos degustado en los últimos… 10 años? (con la edad se va perdiendo la noción del tiempo, che) Comulgo con la visión de la civilización de Pandora (planeta en el que transcurre la historia) como una forma de vida potencialmente posible aquí, en un pasado lejano o en un futuro muuuy lejano. Comulgo también con la visión pesimista del ser humano contemporáneo, siempre mercenario del poder y la riqueza, con la utilización de la tecnología como herramienta de destrucción al servicio de aquellos intereses y con el poder mayor, a fin de cuentas, de la naturaleza… Habrá otros detalles que se me pasan u olvidan, no por falta de lucidez (quiero creer), si no por falta de ganas… Pero hay un par de cuestiones que me resultan ciertamente curiosas, que la tecnología que tanto denosta le posibilite hacer la película, la más cara de la historia; muchos tediosos clichés, como eso de “el elegido”, el villano malísimo, pero malísimo, eh?!, la historia de amor como “gancho”, el límite tan claro entre el bien y el mal, etc. Y aún más allá de los detalles curiosos, hay algo que me resulta insoportable, recalcitrante y perturbador: quién es el héroe carilindo, valiente, inteligente que salva al planeta y al árbol ese que no me acuerdo como mierda se llama y a la mina y los humanos buenos…??? Un marine norteamericano!!!
Hace varios años que voy a un gimnasio de mi barrio (mi barrio: intersección de dos avenidas desbordadas de colectivos cuya combustión puede matar una cucaracha, cotidianamente habitado por miles de transeúntes malhumorados, landronzuelos, cartoneros y demás especímenes encantadores.) a cuya moderada suciedad y aparatos obsoletos, me acostumbré por la fuerza de la constancia.
Pero hace algunos días recibí un regalito por demás interesante: free pass para Megatlon!!! No lo dudé por dos motivos: primero, por la plata que me ahorro; segundo, porque sabía que iba a convertirse en tema para el blog.
Por ahora, sólo puedo esbozar una primera impresión. Que, como toda primera impresión, está basada fundamentalmente en prejuicios, naturalizaciones y subjetividades fundadas sólo en valores sociales. Es decir, la parte más jugosa del asunto!!!
El primer rechazo, por supuesto y por envidia, me lo provocaron algunas representantes de mi mismo género. Una en particular, cuyo peso no superaba los 48 kg., 5 de los cuales eran siliconas y su estatura no era menor al metro 65, era un estereotipo perfecto de los estándares de belleza que nos rigen. Por supuesto, ella lo sabía y no dejaba de regocijarse al respecto en todos los espejos que tenía cerca (que, dicho sea de paso, superan los del albergue transitorio más fetichista), haciendo gestos con la boca como si estuviera practicándole sexo oral a un caballo y moviendo su cabellera perfecta al ritmo de sus caderas. Lo que me sigue resultando un misterio es qué desodorante usa, ya que yo, a pesar de realizar ejercicios menos intensos, estaba transpirada hasta la coronilla y cualquier mujer común sabe cómo nos quedan los pelos en esas condiciones.
Paso al sexo opuesto. Dios mío!!! Parecen partícipes de una secta que practica el culto a los esteroides. Desde ya que su nivel de ego no tiene nada que envidiarle al de la señorita del párrafo anterior, aunque sí su nivel de sudor que es directamente proporcional al tamaño desproporcionado de sus bíceps y a la disminución constante del funcionamiento de su sinapsis neuronal.
Yo no sé en qué parámetros se basan ellos, tal vez en los de la chica seca o en los de otros tipos bárbaros como ellos, porque supongo que varias coincidirán en que no los tocamos ni con una escoba.
Trato de encontrar el argumento al rechazo recalcitrante e inevitable que me provocan. Intuyo que lo que no tolero es esa rigidez (o frigidez, por qué no), tan antinatural e incómoda con la que se mueven; o, pensándolo bien, esa rigidez en la que se mueven como peces en el agua… y que los hace parecer inalcanzables como estereotipos y absolutamente infelices como personas.
Uno de los pocos motivos por los cuales he tolerado vivir varios años en esta ciudad asfixiante, patológica y “seseosa” fue el hecho de que prácticamente no hubiera perros en la calle. Pero resulta que, de un tiempo a esta parte, puedo contar unos 3 perros abandonados por manzana. Ya conozco de memoria el supuesto contrapunto a mis puteadas de indignación frente a tanta crueldad: “cada vez hay más gente en la calle”. Ya lo sé! No soy ciega (aunque trate de parecerlo muchas veces, como lo hace casi todo el mundo), pero una cosa no excluye a la otra y, la verdad, los perros me conmueven más. Quizás porque su indefensión es mayor, porque no pueden decir, porque nosotros los sometemos y después los abandonamos… por muchas cosas que estoy demasiado desquiciada para expresar con decoro y sin ofender susceptibilidades. Una vez leí, no recuerdo dónde, que “una sociedad puede evaluarse por el trato que propensa a sus viejos y sus animales…” En nuestro caso, esto podría traducirse en que somos un cúmulo de mierda… egoístas, indiferentes, insensibles. Ah, Perdón! Seguro que todos le damos una moneda a algún niño zaparrastroso de vez en cuando, nos compadecemos de la miseria y la fealdad y nos conmovemos hasta las lágrimas con la muerte de Sandro o la novela de Telefe… Realmente creo que, en pocos casos como en el nuestro, es cierta esa estúpida frase que reza: “tenemos lo que merecemos”
p/d: si saben de alguien que quiera un perro, avisen. Yo lo vacuno, lo baño y lo llevo a su nuevo hogar.
Desde ya, no es el concepto más feliz, al menos para alguien que se jacta de aborrecer la contabilidad pero, a falta de uno mejor, sirve para entender la idea.
Que, en este caso, dado el espíritu esperanzado, solidario, en fin, pelotudo, que nos une e iguala un poco a todos, no será enteramente pesimista, sino que buscará coincidir y conciliar un poco con ese imaginario colectivo de fraternidad y renacimiento.
Empezaré conmigo misma, apuntando, por supuesto, a una mínima identificación, para que no se aburran como ostras, mientras me hacen el favor…
Generalmente me sucede que el optimismo que se apodera de mi mente durante las fiestas, más que nada en el brindis de año nuevo, se estrella contra la realidad adversa el 2 o 3 de enero.
Pero esta vez, fue algo diferente, debo rescatar sucesos favorables, algunos frutos del mérito propio, otros, simples consecuencias del azar: como comentaba unos días atrás, haber logrado licenciarme, conseguir un laburo afín a mis intereses (además de una entrada económica extra), no haber ahorcado a mi novio, que sigan vivos el potus y Camilo (el primero no sé si por mérito o por azar, pero dejémoslo en esta sección; el segundo porque llegó a casa tocando el arpa), son sucesos dignos de cierta alegría. También hay que resaltar que durante este año no se murió ningún pariente (al menos que yo lo recuerde mientras escribo, aunque sí hay un par medio al horno), no hubo embarazos no deseados, divorcios o peleas a muerte en la familia. All Boys terminó cuarto en la tabla, salió campeón Banfield, el campo no derrocó al gobierno… y paro porque tanta bonanza me asquea.
O sea, podría dejarme arrastrar por el aura festiva y sentenciar, lisa y llanamente, que el 2009 no debería terminarse…
Pero, la verdad tiene su lado oscuro (o su lado blando, mejor dicho): haciendo mi orgullo, y hasta mi dignidad a un lado, el último año 00 también me jugó sus malas pasadas. Digamos que mis estrías se multiplicaron proporcionalmente a las horas que sumé de gimnasio, mi neurosis al tiempo que sumé de trabajo y –por supuesto- resté al sexo, mis arrugas al aumento de mi neurosis… de hecho, creo que lo único que disminuyó fue la cantidad de pelo (cuya decadencia podría ser mayor considerando los litros de decolorante que debo llevar usados). Y no quiero entrar más en detalles tan superficiales como relevantes, pero debo agregar a la lista el incremento de mis problemas de salud (de toda índole y color), de mi peso, obviamente, que en promedio es de 1 kilo por año, de la celulitis, que parece hacerse cargo de manifestar todos mis malos hábitos…
En fin, aún no voy a sucumbir a esbozar conclusiones, porque me quedan otros ámbitos por evaluar (soy egocéntrica, pero trato de evitarlo, de vez en cuando), pero sí me permito intuir –no todavía pensar- que, en realidad, no es que las cosas mejoren, sino que nosotros nos vamos acostumbrando a que estén cada vez más como el orto (como el orto después de los 27) y a conformarnos cada vez con más…
(con más años, más estrés, más kilos, etc, etc, etc.)
Hace poco, con mi pareja, miramos “un novio para mi mujer” (la cual, por cierto, recomiendo). Inmediatamente me reí mucho del mal humor de “la Tana” (Valeria Bertuccelli) y de la tremenda cara de pobre desgraciado que le sale tan bien a Suar.Sin embargo, no pude evitar notar que mi amorcito, mientras se reía, me miraba de reojo como esperando que le devolviera una mirada de asentimiento.Lo miré con esas caras mías que borran cualquier sonrisa y lo escuché sentenciar “es igual a vos, mi amor!”. Frase que reiteró durante la siguiente hora y media que duró la película.La cuestión es que, una vez que logré tragarme algo de mi orgullo, yo también me sentí bastante identificada. Eso de levantarme rezongando, o más bien despotricando, contra el mundo y sus diversos habitantes, es algo que brota naturalmente de mis entrañas.Por eso me copó la idea de expresar mi “odio” de la forma más metódica y organizada (ya que no cuento con un espacio de radio), intentando, por supuesto, que no resulte un flagrante plagio. Y de paso, tal vez, le hago el favor a mi amorcito de no torturarlo con mis quejas inútiles y mis mufas mañaneras…